La inteligencia artificial (IA) ha sido una de las tecnologías contemporáneas con mayor capacidad de transformación en nuestra época. En las últimas décadas se ha convertido en uno de los campos tecnológicos más prometedores y su impacto en la sociedad es cada vez más evidente. Desde el reconocimiento de voz, hasta la toma de decisiones para la resolución de problemas complejos, así como en la detección de fraudes virtuales y la creación de nuevos campos de investigación, la IA ha demostrado ser una herramienta valiosa en una amplia variedad de esferas sociales, económicas, políticas e industriales.
A medida que la IA continúa avanzando, sin embargo, también presenta una serie de riesgos y desafíos culturales que deben ser abordados. Uno de ellos tiene que ver con su impacto en el ámbito educativo, sobre todo en los procesos de enseñanza-aprendizaje.
La inteligencia artificial es un tipo de tecnociencia¹ contemporánea que estudia el comportamiento e interviene en la resolución de problemas por parte de una máquina. Esta área se enfoca en crear sistemas computacionales capaces de imitar las capacidades cognitivas humanas, como pensar, representar, aprender e interactuar con los usuarios. Se trata de una tecnología emergente, también denominada “tecnología de frontera o convergente”², que ha tenido un gran impacto en la cultural global, ya que permite desarrollar nuevos productos y servicios para mejorar amplios aspectos de la vida cotidiana; no obstante, este avance ha tenido serias consecuencias sociales y ambientales.
La IA ha avanzado de manera significativa transformando radicalmente la manera en que vivimos, pensamos, nos relacionamos, trabajamos y convivimos de forma cotidiana. Se ha utilizado en una variedad de manufacturas en el ámbito de la atención médica o la industria automotriz contemporánea; empero, presenta una serie de riesgos y desafíos sociales que deben ser abordados para garantizar que sus beneficios superen sus impactos negativos.

